Antonio Espadas Carrasco
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Revista Escuela de Imaginería 1


Número 39 Ediciones Cajasur

BREVÉS APUNTES
sobre el Cristo Yacente de Antonio Espadas
En una ciudad como Úbeda, tan hermosa, tan cargada de historia y de arte, la Semana Santa ha de ser necesaria y espléndida. Lo es, lo ha sido desde hace muchos siglos, convertida en el verdadero motor de la vida y del sentir de los ubetenses. Nada se escapa del hermoso influjo de la Semana Grande, todos los meses del año se convierten al fin y al cabo en una excusa para que el tiempo nos acabe devolviendo la primavera.
Los artistas ubetenses, en mayor o menor grado, se han visto igualmente marcados por ese influjo y yo creo que en todas sus obras, incluidas las no religiosas, hay siempre un poso instintivo de incienso y de cera. La Semana Santa de Úbeda está repleta de figuras únicas, esculpidas por verdaderos genios de la imaginería, como Mariano Benlliure o Palma Burgos y no en balde está considerada como una de las mejores de España.
Yo sé que en los primeros recuerdos de Antonio Espadas está por un lado la luz estrellándose sobre las piedras doradas de los palacios ubetenses y por otro la imagen del Nazareno asomando por la puerta de la iglesia de Santa María en las frías madrugadas del Viernes Santo. Antonio Espadas nació pintor y después de cientos de cuadros, decenas de exposiciones y muchos premios, la pintura aderezada de vivencias le ha traído al mundo de la imaginería, le ha devuelto la primavera. Era inevitable.
Antonio Espadas trabajando en su "Ecce Homo-
Antonio es profesor de escultura de la Escuela de Artes de Úbeda, desde este privilegiado lugar ha trabajado en proyectos artísticos de toda índole, revitalizando de forma comprometida la vida cultural ubetense. Es a partir de 1997, a raíz del encargo para realizar una figura de Hebreo que acompaña a la imagen titular de la Cofradía de "La entrada de Jesús en Jerusalén" de Villanueva del Arzobispo Jaén) cuando empieza a meterse de lleno en el
mundo de la Imaginería religiosa. En 1998 realiza una Virgen de Candelero de pequeño formato y la restauración de otras imágenes de Semana Santa. Después de realizar varias obras y muchos bocetos de pequeño formato, es en el año 2000 cuando inicia la imagen de un Cristo Yacente de dimensiones algo más grandes que las reales, en torno a los dos metros y que, tras muchas vicisitudes lograr acabar a finales de 2002. En 2003 realiza un Ecce-Homo a tamaño real, totalmente anatomizado, que representa el momento en que Jesús, cabizbajo y humillado, flagelado y coronado de espinas, es expuesto al pueblo.
Pero hasta hoy, es sin duda, el Cristo Yacente su mejor obra por todo lo que tiene de cruda, real e impresionante. Elaborada con una inusual maestría, es anatómicamente perfecta y emocionalmente sobrecogedora. Esta obra ha sido expuesta este mismo año en la Sala de Exposiciones del Hospital de Santiago de Úbeda y ha recibido los mejores elogios de los centenares de personas que han podido contemplarla.

Se trata de una escultura policromada de Cristo inmediatamente posterior a su descendimiento de la cruz y antes de ser preparado para su sepultura. En el cuerpo maltrecho se observan aún las feroces huellas del suplicio, en el rostro las señales del dolor, el rastro del sufrimiento y sin embargo, en todo el conjunto, puede sentirse también la templanza con la que llega la muerte.
Es una imagen rotunda, como un puñetazo en el alma y a uno lo dejaría definitivamente hundido si no fuera por que Antonio Espadas ha sabido fundir el dolor con la belleza, la muerte con la vida. Sí, con la vida, porque por encima de cualquier otra consideración yo pienso que en esta imagen se encierra la propia vida, la del mismo autor sin duda, ya que en ella ha volcado durante dos años sus angustias y sus anhelos, pero también la Vida con mayúsculas, porque aunque la muerte ya es dueña del cuerpo lacerado de Cristo aún puede sentirse en él la gota última que guarda el íntimo fulgor de la esperanza.
Encuentro a Antonio Espadas trabajando en su estudio de la Calle Molinos de Úbeda, situado en pleno casco histórico. Le pregunto y él me habla con la claridad que proporciona una atávica amistad. Sus palabras fluyen armonizadas por el magnífico entorno en el que estamos y por la laboriosidad que fluye de sus manos.

©Antonio Espadas Carrasco

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